
Lady sufre, calla, miente. Atesora silencios que le explotan dentro. Silencios que se traducen en lágrimas que oculta, que disimula mientras lee sus textos. Lágrimas que no quiere seguir reprimiendo. Lágrimas que no deberían existir, que la marean y la confunden.
Lady sufre y se marchita en su no poder elegir. Se sabe cambiada y se evidencia la estructura que la apresa. Esa cárcel, esa herencia…, esa. Tan propia, tan ajena y tan cruel.
Lady tiene que elegir entre mil voces, miradas y gente. Gente que la quiere tanto pero tanto que ella sólo puede llorar y volver a mentir. Es que esta lady se ahoga ante la mirada impávida de su entorno más íntimo. Entorno que va a volver al ataque de momento a otro.
¿Será tan difícil hacerse camino al andar? Hacerse camino sin presiones y mandatos, sin ilusiones ajenas, sin ser parte de proyectos de otros. ¿Será tanto? ¿Será que ella merece una vida de coherencias y verdades, de sueños llenos de paz, de realidades propias y tangibles?
Es que esta Lady es hermosa, tan dulce, tanto. Quizás fueron esos ojos que claman por serenidad, esos ojos en los que me detuve, esa voz y ese tono al hablar. Esa manera de decir las cosas, de asombrarse y emocionarse al contar. Tan Lady y tanto que decir sin que nadie la escuche, sin que nadie la entienda, sin que nadie le diga nada. O sin que pueda darse cuenta de que son otras las cosas las que quiere escuchar. Sin darse cuenta de que es a ella a quién de verdad tiene que escuchar. A ella obedecer.
Es que primero fue Andrés y no podía ser de otra manera, después desfilaron los grandes de nuestro rock y finalmente la besé. Es que finalmente también yo mentí. Es que no era la música lo que me había tomado por completo, no era el rockito bersuitero lo que me emocionaba. Era esta Lady y su verdad.
Tan propia, tan ajena y tan cruel.
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